Hace unos días leí un artículo de Leila Guerriero que declaraba la guerra a todo lo medible. Y me sumé en silencio a esa causa, pensando en cómo dar batalla.

Leila habla del running, de sus piernas avanzando sin metas, sin GPS, sin inscribirse en una maratón o tener un grupo que la incentive. Dice que la gente le pregunta siempre lo mismo: —¿Por qué corrés?, ¿cuántas veces por semana?, ¿cuántos kilómetros?, ¿en cuánto tiempo?, ¿cuánto mejoraste?— Y ella responde, o más bien declara, como si fuera una proclamación —: “Corro porque cuando empiezo a correr no sé qué va a pasar, hacia dónde van a ir mis pensamientos y, en ocasiones, mis piernas. Corro, de hecho, para dejarme llevar.”

Claro, no esperaba que Leila forme parte de ninguna secta del running, pero su respuesta me impactó.

Yo no corro —literalmente—, pero entiendo perfectamente de qué habla. Todos hemos conocido, en algún rincón remoto de la memoria, ese estado en el que las horas se disuelven como sal en agua tibia. En mi caso era cuando pintaba con óleos. Bocetaba. Mezclaba colores que casi siempre terminaban en un marrón terroso. Y me daba igual. No buscaba llegar a ninguna parte. Estaba probando por probar, en esas horas largas de la infancia que luego raramente volvemos a tener en la vida adulta.

Si soy sincera, aunque lo intente con ganas, admito que no puedo sentarme a pintar sin preguntarme cuánto falta para que “me salga bien”. La técnica, la expectativa, la mirada entrenada que juzga. El ojo que mide. Ya no me pierdo: me observo. Me corrijo. Y, en ese proceso, algo se endurece.

Entonces, como acto de rebeldía mínima —un gesto doméstico de insurrección— decidí empezar este blog. Sin saber a dónde va. Sin saber si durará tres entradas o treinta. No tengo un objetivo, y eso me hace sentir algo parecido a la libertad.

Sería ingenuo pensar que podemos abandonar las métricas de un día para el otro. Vivimos —hola, capitalismo tardío o como quieras llamarle— en una maquinaria que premia la eficiencia, la proyección, el rendimiento. Eso no es noticia. Por eso, me conformo con pequeñas fugas. Minúsculas batallas ganadas.

Hoy voy a hablar de una, que se sucedió el otro día mientras mi amiga L. me contaba otra de sus andanzas dentro de la selva salvaje que es Tinder. Esta pequeña fuga tiene que ver con evitar preguntarle a la vida preguntas cerradas.

Una guerra a todo lo medible

Sin entrar en detalles que aquí no importan, L. termina cada raconto siempre con la misma frase: “Él es un rotundo no”. O peor: “No le gusté para nada, se nota.” Una tarde, le propuse una pregunta distinta: “¿Pero en vez si te gustó o no, me decís cuánto te gustó? ¿Qué parte?” Y la conversación se abrió como una flor que nadie había regado en meses, con nuevos pétalos en lugar de la margarita deshojada del me quiere - no me quiere.

Ya no hablábamos de volver a verle o no. Hablábamos de matices, de ambivalencias, de pequeñas cosas que valían la pena aunque el encuentro no fuese “el correcto”. Una cita puede no ser “buena”, y aún así dejarte efectos increíbles como estar riéndote a las tres de la mañana, compartiendo análisis dignos de una tesis con mejor amiga. Y yo tengo la teoría de que la risa es curativa. Eso también cuenta, aunque no se mida en lo que va a pasar después.

Cambiar el qué por el cuánto altera el mapa. No es lo mismo preguntar ¿tiene sentido esto? que ¿cuánto sentido tiene esto?

El cuánto admite grises. Tolera el error, lo a medio hacer, lo fallido. Nos deja mirar películas sin ver antes las reviews, ir a lugares no-instagrameables, escuchar a alguien solo por curiosidad. Jugar. Ir viendo qué sale y saber aceptar que a veces no sale y eso también es una posibilidad, no necesariamente negativa.

Una guerra a todo lo medible

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