No existe una sola palabra que hayamos aprendido que se salve de ser una promesa.

Por eso las repetimos incansablemente, frente a un espejo que es un otro.

Y al comenzar a leerlas entre líneas, callamos avergonzados entre silencios que ascienden y se clavan en la espalda como piedras puntiagudas de un arroyo.

Cada poesía duele más en aquello que calla que en aquello que nombra.

O tal vez sean sus alas, detenidas a la hora de un reloj que coincide, estoicamente, con su postura.

Y dejan su dibujo tatuado sobre un papel muy fino que desprende, inagotable, un atroz aroma a corazón.

El vuelo

Torino, 12 de mayo de 2026.